«No estás a solas con esto. Lo que estás sintiendo es una experiencia real, aunque todavía no sepamos qué significa.»Del libro Yoga del Descenso · Libro Puerta
Empecemos donde de verdad empieza esto: en un lugar ordinario. Una cocina, un cuarto a oscuras, el asiento de un coche estacionado. Estás orando, o en silencio, o simplemente quieto después de un día largo. Y algo cambia.
No es una idea. Tampoco es una emoción a la que puedas ponerle nombre enseguida. Es algo más sencillo y más extraño: una paz que tú no fabricaste empieza a pesarte en el pecho, como si tuviera cuerpo. Tu respiración se hace lenta sin que tú la hagas lenta. Un calor sube o baja por tu espalda. Se te llenan los ojos de lágrimas que no vienen de ninguna tristeza. Y durante unos segundos, o una hora entera, lo que siempre viviste por dentro también está ocurriendo por fuera, en tu carne, en tu pulso, en tu piel.
Después pasa. Vuelves a lavar los platos, a contestar mensajes, a ser tú. Pero algo quedó distinto, y tarde o temprano te haces la pregunta con la que empieza todo este camino:
¿Qué me está pasando?
No estás a solas con esto
Si algo de esto te resulta familiar, lo primero que necesitas no es una explicación. Es un hecho: lo que sientes es real como experiencia, aunque todavía no sepamos qué significa.
Personas de tradiciones muy distintas, y personas sin ninguna tradición, han contado con sus propias palabras cosas sorprendentemente parecidas. Una paz que se siente en el pecho o en el vientre como se siente el calor de una taza entre las manos. Una respiración que se hace honda, o casi desaparece, o toma un ritmo que tú no elegiste. Una presión suave en la frente o en la coronilla, o una amplitud, como si por dentro hubiera más espacio del que cabe en tu cuerpo. Lágrimas sin tristeza y sin motivo, que te dejan limpio en lugar de cansado. Y también, a veces, emociones viejas que suben justo ahora, cuando tu vida interior es más honda que nunca.
Pero sobre todo una sensación que se va haciendo clara: tu cuerpo está participando en tu vida espiritual. Ya no es solamente el lugar desde donde oras. Es algo que responde cuando oras.
Nada de esto te aparta de lo humano, y nada de esto te convierte en alguien especial. Son experiencias más comunes de lo que se dice en voz alta, precisamente porque casi nadie sabe dónde contarlas.
Ni descartarlo ni inflarlo
Cuando alguien se atreve a contarlo, casi siempre recibe una de dos respuestas. Las dos llegan rápido y las dos se quedan cortas.
La primera lo descarta: «Son nervios. Es sugestión. Es estrés. No es nada.» Quien te dice eso quiere protegerte de la exageración, y a veces tiene algo de razón, porque el cuerpo también habla cuando estamos cansados, ansiosos o mal dormidos. Pero si esa respuesta se usa para cerrar la conversación, te deja solo con algo que sí está ocurriendo y te enseña a desconfiar de lo que vives.
La segunda lo infla: «Es un despertar. Es un don especial. Estás en otro nivel.» Quien te dice eso quiere honrar lo que te pasa, y se lo agradezco. Pero esa respuesta convierte tu experiencia en un espectáculo, te empuja a buscar más fenómenos y te distrae de la única pregunta que de verdad importa, que no es cuán especial es esto, sino qué te está pidiendo.
Yo no te quiero llevar a ninguno de esos dos extremos. Te propongo algo más lento y más honesto: primero describir, y después comprender. Una sensación de calor es, antes que nada, una sensación de calor. Unas lágrimas son unas lágrimas. Ninguna sensación del cuerpo, por hermosa o intensa que sea, demuestra por sí sola que esté ocurriendo algo espiritual, y ninguna explicación apresurada merece lo que estás viviendo. Lo que sí vamos a hacer es tomarlo en serio.
Lo que encontraste arriba
Al principio, la vida espiritual se parece a subir. Buscas, lees, oras, te elevas, y tus momentos más hondos se sienten como salir de lo de todos los días hacia algo más alto. Gran parte del lenguaje espiritual que hemos heredado habla de ese subir.
Pero hay otra mitad del camino de la que se habla mucho menos: lo que encontraste arriba tiene que aprender a vivir abajo.
Muchas personas, quizá tú, llegan a ese punto sin que nadie les avise. La paz que solo conocías en la oración aparece de pronto en la fila del supermercado. El silencio que solo lograbas en un retiro empieza a quedarse en tu casa. Y tu cuerpo, que siempre fue el que se quedaba abajo mientras tú subías, empieza a temblar, a calentarse, a llorar, a aquietarse, como quien recibe una noticia.
A ese movimiento lo llamo Descenso. Y a aquello que se hace presente, para no imponerte un nombre, lo llamo simplemente Presencia.
Sobre ese nombre te debo una aclaración, que también es una promesa. Yo, cuando hablo desde el corazón, le digo Dios. Tú quizá también. O gracia, o Espíritu, o Cristo. O no lo llamas de ninguna manera, porque nombrarlo te parece demasiado. No vengo a corregirte. La palabra Presencia no reemplaza la tuya; solo nos permite hablar del mismo movimiento sin pedirle a nadie que cambie de fe. El nombre de Dios te pertenece a ti.
Lo que no te voy a pedir
La confianza se construye al principio o no se construye, así que te digo tres cosas desde ahora.
No te voy a dar técnicas para provocar experiencias. Si buscas más calor, más luz, más fenómenos, te digo con cariño que esa búsqueda suele alejar justamente lo que persigue. Aquí la meta nunca será tener más experiencias. Será que lo ya recibido pueda quedarse a vivir contigo.
Tampoco voy a ocupar el lugar de tu médico ni de tu terapeuta. El cuerpo habla muchos idiomas, y no todos son espirituales. Cuando haya duda, primero se cuidan el cuerpo y la mente por las vías que ya existen para cuidarlos. La lectura espiritual puede esperar, y la que es verdadera sabe esperar.
Y no te voy a pedir que creas nada que no reconozcas en ti. Intento poner cada palabra nueva después de la experiencia que nombra, y no antes. Cuando yo no sepa algo, te lo voy a decir así, sencillamente: no lo sé.
De la visita a la morada
No necesitas entender todavía el mapa completo, pero mereces saber hacia dónde vamos. Algo desciende, y se siente como Presencia. Al principio suele llegar como una visita: viene, te toca hondo y parece retirarse. En el camino aparecen umbrales, lugares donde el proceso se detiene un tiempo porque algo en ti, un miedo, una historia, una costumbre, todavía necesita integrarse. Detenerte ahí no es fracasar.
Tu cuerpo responde a su manera, y vamos a aprender a leer esa respuesta sin exagerarla y sin despreciarla. Si el proceso sigue, lo recibido arraiga en tu vida concreta, en cómo comes, cómo descansas, cómo pisas el suelo de tu casa. Un día notas que la visita ya no se va: se volvió morada. Y más adelante, ni siquiera morada: se volvió lo natural. Entonces lo que vive dentro de ti empieza a expresarse afuera, en tu voz, en tus decisiones, en tu manera de amar y de poner límites, en cómo entras a una habitación.
Quizá ya viviste momentos espirituales verdaderos, inolvidables, y aun así tu carácter, tus reacciones y tu cuerpo siguieron siendo más o menos los mismos. Quizá te lo has reprochado en silencio. No es un reproche. Es la pista más importante de todas, porque tener una experiencia y ser transformado por ella no son la misma cosa.
Lo que te tocó en aquel lugar ordinario no necesita volver más fuerte. Necesita poder quedarse a vivir contigo.
Del libro del Dr. Zuluan Orion Yoga del Descenso · Libro Puerta · Parte I