«La presencia no crea dueños.»Del libro Yoga del Descenso · Libro Puerta
Empecemos por lo que quizá ya viviste, del lado de quien lo recibe.
Hay personas junto a las cuales notas que respiras más despacio, que bajas la guardia sin haberlo decidido, que hablas con más sinceridad de la que traías planeada. Te sientes visto sin sentirte invadido. El cuerpo se afloja. Puedes quedarte en silencio sin incomodidad. Te escuchas mejor, como si tu propia voz interior tuviera, ahí, mejor acústica. Y a veces recuerdas algo de ti que habías olvidado.
Quizá esa persona no hizo nada que se notara. No te enseñó, no te aconsejó, no tuvo ningún gesto memorable. Y sin embargo, algo en la calidad del encuentro pareció marcar una diferencia.
Reflexiona en esto: ¿junto a quién te ha pasado algo así? ¿Cómo era su manera de estar contigo? ¿Y te pidió algo a cambio?
Lo humano primero
Antes de cualquier hipótesis, digamos lo humano, porque lo humano ya es mucho. Los seres humanos nos afectamos unos a otros en relación. A veces, sentirnos seguros, escuchados o acompañados por alguien puede hacer más fácil que el cuerpo baje parte de su guardia. Una persona tranquila y disponible puede contribuir a que un encuentro se vuelva más tranquilo. No siempre ocurre, ni le ocurre a todos de la misma manera.
A una parte de esto a veces se le llama co-regulación, y es lenguaje humano corriente. Con esas palabras de todos los días ya se explica mucho de estos encuentros, y no quiero saltármelas. Nada de esta capa, por sí sola, demuestra algo más allá de lo humano.
Lo que yo quiero preguntar es por lo que puede haber además. Y la ley va por delante, porque cierra un arco entero del libro: presencia sin propiedad. La imagen te enseñó a no apropiarte del significado; el corazón, a no apropiarte del otro; la claridad, a no apropiarte de la verdad; la expresión, a no apropiarte de la respuesta del otro. A la presencia le toca la última lección: no apropiarte de lo que ocurre en el encuentro.
La vela
Sobre ese suelo humano te abro una posibilidad, y te la abro como lo que es: una hipótesis, no un hecho.
Dentro de la visión espiritual que venimos explorando, queda abierta la posibilidad de que una persona cuya vida se ha vuelto más coherente con la Presencia pueda contribuir a una calidad de encuentro en la que otra persona reconozca con más facilidad algo de su propia quietud o profundidad. No como una sustancia que alguien posee y transmite. No como algo que sale de una persona y entra en otra. Sino como una cualidad del encuentro.
Para decirlo elijo una imagen de casa: la vela. Dos personas entran en una habitación donde hay una vela encendida. La vela no empuja su luz hacia nadie. No convence, no inicia, no ordena, no convierte. Simplemente arde, y porque arde hay más luz disponible en la habitación. Lo que cada uno alcance a ver sigue siendo suyo.
Por eso hay una frase que aquí no vas a leer jamás: «yo te doy la luz». Lo más lejos que llega esta hipótesis es esta otra:
«en este encuentro hay suficiente luz para que ambos podamos ver.»
Y aun eso te lo digo con tres honestidades. No sabemos demostrarlo. La experiencia del encuentro no llega etiquetada con su origen. Y nada de lo que te propongo aquí describe un mecanismo, ni energético, ni biológico, ni de ninguna otra clase.
Una relación viva no tiene un solo sentido
Si la luz no funciona como propiedad de nadie, se cae el reparto de papeles más viejo de la vida espiritual: el que da y el que recibe.
El encuentro profundo ocurre entre personas, presencia con presencia, humano con humano. Puede haber una diferencia real entre los dos: uno quizá lleva más años, más silencio vivido, más camino andado. Pero esa diferencia no convierte a nadie en propietario de la verdad. Uno puede haber caminado más sin volverse dueño del camino. Y el que parece más asentado también puede ser tocado, aprender, recordar y cambiar, a veces más que el otro, y no siempre lo sabrá.
Mutualidad no significa que todos ocupen el mismo papel. Cuando alguien acompaña, enseña o sostiene un espacio, tener más experiencia puede traerle más responsabilidad ética, no más derecho sobre la vida del otro.
Te propongo entonces un cambio de lugar: el centro no es nadie. No es «mírame a mí», sino «miremos juntos lo que se hace visible aquí». No es «yo sé quién eres», sino «quizá mi presencia puede ayudarte a escucharte mejor». El centro del encuentro no es la autoridad personal de quien parece saber más. Es la calidad de la presencia compartida.
La presencia no crea dueños
La historia de la espiritualidad está llena de la ausencia de esta ley, y por eso no la puedo dejar fuera.
Toda idea de una «presencia que ayuda» puede degenerar en lo mismo: culto a la persona, dependencia, jerarquía y obediencia, y de ahí, con una frecuencia tristísima, en abuso del poder, del dinero, del cuerpo y de la confianza. Las frases de esa degeneración son conocidas, y te las dejo escritas para que las reconozcas: «yo sé lo que necesitas», «si dudas, es tu ego», «yo te transmito la luz», «sin mí no puedes acceder». Cuando frases así se usan para invalidar tu criterio, exigirte obediencia, aislarte o ponerse por encima de tus límites, son una alarma, no un signo de profundidad.
Ninguna experiencia de paz, de claridad o de apertura en presencia de otra persona le entrega a esa persona autoridad sobre tu vida. Ni la más hermosa. Ni la más repetida. Que alguien te ayude a escucharte no le da derecho a hablar en tu nombre.
Y la ley tiene dos caras, porque puedes estar en cualquiera de los dos lados. Si eres quien recibe, agradece el encuentro y conserva tu criterio, tus vínculos, tu dinero y tu vida. Si eres quien acompaña, lo que alguien siente en tu presencia no demuestra que tú hayas producido ese estado, y si empiezan a atribuirte poderes o una autoridad especial, esa atribución no se vuelve verdadera por ser sincera. Si intentan sentarte en un trono, no te sientes.
Nadie ve por ti
Lo que sientes junto a alguien no verifica a ese alguien. Hay personas junto a las cuales se viven estados hermosos y que, aun así, hacen daño. Un encuentro se discierne como todo en este camino: observando con el tiempo cómo convive ese vínculo con tu vida, en compañía y con la mano abierta.
No necesitas perseguir estas experiencias ni convertir a ciertas personas en su fuente. Si estos encuentros existen, son un regalo del camino, no su meta. Salir a cazar personas «de alta presencia», coleccionar cercanías, medir maestros, todo eso es la vieja persecución de estados con protagonistas nuevos. La casa se cuida, el amanecer no se fabrica, y tampoco se le compra a nadie la entrada.
Cerca de una vida más clara puede resultar más fácil ver con claridad. Esa es toda la hipótesis. Pero el ver sigue siendo tuyo, el camino sigue siendo tuyo, y ningún encuentro sustituye tu propio proceso.
Queda una puerta que quiero dejar abierta, como posibilidad y no como profecía. Si algo de esta hipótesis describe una posibilidad real, quizá enseñar, mañana, no consista en transmitir respuestas, sino en crear encuentros donde la verdad pueda reconocerse sin dueño. No sabemos si será así. Pero sí te puedo confesar cuál es mi objetivo: no hacer falta. No buscar seguidores, sino personas más capaces de escucharse a sí mismas; no dejar discípulos, sino sobremesas donde se pudo hablar con verdad. A veces enseñas por lo que dices. Y a veces, sin enseñar nada, tu manera de estar cambia la habitación.
La vela no necesita convencer a la habitación de que hay luz. Solo necesita estar encendida.
Del libro del Dr. Zuluan Orion Yoga del Descenso · Libro Puerta · Parte XX