«El sufrimiento que acumulamos solo busca ser liberado. Eso es todo.»Del libro Deshojando el Corazón de la Eternidad
Recuerdo de una manera muy viva unos años muy difíciles. Vivía en la India, buscando experiencias que trajeran algún conocimiento espiritual a mi vida, y la sensación de no estar completo, de sentirme vacío, el desespero y un dolor profundo llenaban mis días y mis horas. Una parte mía quería salir corriendo y volver a mi vida mundana. Muchas noches me preguntaba si realmente valía la pena sacrificar mi juventud.
Vivía como un monje, sin templo ni monasterio, y no comprendía si aquel sufrimiento era un castigo que la vida me imponía. Aun así, algo detrás de ese dolor me decía que había una verdad dentro de mí.
Una tarde en que la tristeza invadía mi corazón, decidí acompañar a un amigo a una ciudad del sur de la India, junto a una montaña sagrada. Subí la montaña sin saber qué esperar, tratando tan solo de estar presente, un paso a la vez, mientras el dolor en mi corazón se acentuaba más y más. Cuando bajé, me inundaba una gran nostalgia, un dolor infinito que no podía explicar, ni definir, y menos comprender. El dolor de estar en una búsqueda sin fin.
Salí al balcón del cuarto en el que me quedaba, y las lágrimas salieron de mis ojos, incontrolables y abundantes, como un río que se desborda en el invierno. Me agarraba del riel del balcón. En un momento el dolor fue tan intenso que mis piernas comenzaron a temblar, y antes de poder pensarlo y reaccionar, me vi en el piso. Entonces me pregunté: ¿Qué es lo que este dolor me quiere comunicar?
Subirle el volumen
Cuando logré componerme, me senté en la cama e hice lo opuesto a lo que cualquier persona haría. En vez de correr del dolor o huir de él, en vez de distraer la mente en otra experiencia, simplemente decidí estar presente con este sufrimiento. Me confronté cara a cara con él. De una vez por todas tenía que asumir el gran miedo que tenía: el miedo a sufrir, el miedo a sentir, el miedo a ser ordinario y quizá el miedo a morir en ignorancia.
Me permití sentir esa emoción por primera vez con todo mi ser, como si le pudiera subir el volumen. La sensación empezó a moverse del corazón a otras zonas del cuerpo, hasta que sentí que todo mi cuerpo estaba en dolor; y entre más consciente me hacía, más penetraba ese dolor en todo lo que yo percibía como mi ser. Entonces se transformó. Dejó de ser un sufrimiento emocional y se convirtió en una vibración mucho más sutil que abarcaba todo mi ser.
Estando presente, empecé a ubicar en mí los puntos de más tensión, puse mis dedos sobre ellos y empecé a respirar. Poco a poco me di cuenta de que entre más consciente me hacía y más me permitía sentirlo, a medida que respiraba la energía, esta bajaba de intensidad. Los puntos de tensión cambiaban de un lado a otro de mi cuerpo, y de todo lo que sucedía yo me tornaba más y más consciente. La emoción se derretía como mantequilla.
Ese día entendí que el dolor que uno acumula solo está buscando ser reconocido y finalmente trascendido en nuestra verdadera naturaleza. Lo único que debemos hacer es ser conscientes y darnos la oportunidad de liberar el dolor que hemos atrapado. De ese día en adelante empecé a hacer lo opuesto a lo que había hecho antes: en vez de huir del sufrimiento, lo asumía cara a cara. Y todo mi viejo andamiaje emocional empezó a colapsar.
El dolor no es un castigo
En aquellos años yo no sabía si mi sufrimiento era un castigo. Llega un momento en que el buscador se da cuenta de que la vida no lo está castigando, de que el sufrimiento es parte de este nivel de experiencia, y entonces su corazón se abre a la compasión. Reconoce que su dolor no es el castigo de una Divinidad lejana ni de un Dios vengativo, sino un dolor no liberado que se convierte en su maestro y su guía. Y descubre que en realidad es la Divinidad quien está en él, viviendo, amando y trascendiendo su propio dolor.
El dolor se queda cuando lo resistimos. El karma es justamente eso: energía atrapada dentro del cuerpo. Para que el alma se libere de ella, esa energía se debe dejar ir.
Hasta que no estemos dispuestos a sentir ciertas experiencias, no se resolverán. Cuando las reprimimos o las evadimos, lo acumulado buscará una nueva oportunidad para expresarse, y volveremos a vivirlo una y otra vez, desde diferentes perspectivas, hasta que sea sentido completamente.
Las emociones son energía
Cuando empecé mi proceso de meditación, mientras vivía en Tailandia, fue como abrir el basurero de dolor que tenía guardado. No solo debía dejar que surgiera desde mis entrañas lo que llevaba guardado desde mi infancia: ahora necesitaba procesarlo y transformarlo. Uno de mis amigos cercanos me dijo entonces: «Respíralo». Así surgió mi comprensión sobre la importancia de conectar con la energía que surgía en mí, y de que las emociones eran justamente eso, pura energía. Si yo recreaba ese dolor constantemente en mi vida, en relaciones, circunstancias y sentimientos, era porque no había logrado romper con esa identificación con el pasado.
¿No estás cansado de sentir dolor en tu corazón y no hallar solución? No hay nada en el exterior que llene tus vacíos. No hay persona u objeto que sacie ese dolor, porque se ha generado muy dentro de ti, y es ahí mismo, en esa profundidad, donde deberá ser transformado. Meditar y descomprimir tus emociones se hace indispensable para liberar toda esa energía; eso, y la intención de querer liberarla. La varita mágica para que esta liberación se dé la tienes en tu mano.
Abrazarlo con el corazón
No necesitas convertirte en otra persona para encontrar el amor. Hazte más consciente de lo que está sucediendo dentro de ti, y no hablo de una autoevaluación racional y vana, sino de una verdadera confrontación con tu dolor: encontrarlo, sacarlo a la luz, abrazarlo con tu corazón y sentirlo. Tienes que ser capaz de reconocer aquello que te quita la paz, porque ese es el punto de partida de la transformación. Solo desde tu corazón permitirás que el Padre-Madre universal entre en tu vida y ame cada aspecto de ti.
Para aprender no necesitas sufrir. El amor surge sin sufrimiento: son completamente opuestos. Cuando el dolor vuelva, no huyas de él. Quédate con él, siéntelo, respíralo y abrázalo con tu corazón. Lo único que quiere es irse.
De los libros del Dr. Zuluan Orion: Deshojando el Corazón de la Eternidad · El refugio del corazón · Iluminación