THE FLAME CODEX
NAI’LUM

Ahora, ahora, ahora

Iluminación · Rama V · El presente

«Vive presente y realiza la verdad, el pasado es tan ilusorio como el futuro, en el ahora se transforma todo.»Del libro El refugio del corazón

Hubo un tiempo, en mis años de búsqueda, en que una pregunta se volvió muy valiosa para mí. No era la pregunta de quién soy yo. Era esta: ¿Por qué la mente siempre quiere evitar el presente?

¿Cuál sería tu respuesta? Antes de contestar, mírate un momento. Siempre que sientas que te pierdes en tus pensamientos mientras haces cualquiera de tus labores diarias, como cuando conduces un carro sin prestar atención a los lugares por donde pasas porque estás divagando, vuelve a tu presencia con esta simple pregunta.

Lo que siempre está ahí

Cuando te das cuenta de que el presente es la constante de lo que eres, solo entonces puedes reconocer que ese mismo presente es la verdad incuestionable de lo que siempre está ahí, detrás de todas tus experiencias. El Ser es lo único que siempre está ahí. No se puede perder o abandonar como una vieja maleta o un mueble vetusto, pues ni siquiera la muerte lo puede destruir.

Por eso no tienes que salir de tu casa, ni viajar, ni comprar o pagar por nada para encontrarlo. En este Ser no hay espacio ni tiempo, ni lugares que visitar. No hay templos, ni montañas sagradas, ni símbolos. Este es el instante perfecto.

Por qué la mente huye del presente

Estar presente suena fácil y accesible. La verdad es que, siendo una vivencia tan simple como estar aquí y ahora, no lo es. A cada momento de nuestra agitada vida cotidiana, la mente, o nuestro confuso ego, quiere evitar estar presente, porque cada vez que estamos presentes no hay espacio, ni tiempo para el ego. Solo la presencia que somos realmente se manifiesta a plenitud: esa presencia que es Divina y que brilla como un sol por sí sola.

Si vuelves a la pregunta del comienzo, vas a encontrar precisamente que siempre que salimos del presente es cuando le damos paso a la existencia del ego. El ego vive de un pasado y de un posible futuro. En el ahora no tiene dónde quedarse. La realización de lo que somos nos elude día a día y momento a momento, no porque ella se esconda de nosotros, sino porque nosotros nos escondemos de ella.

Recordarte a ti mismo

Quizás lo más difícil para el alma, en medio de su vida en la tierra, es mantenerse en relación consigo misma. Desde el momento en que nos asociamos con el mundo, nos desasociamos de nosotros mismos. Cada vez que nos desconectamos del presente, olvidándonos de quiénes realmente somos, nos volvemos mecánicos, como robots, y nos dejamos arrastrar sin darnos cuenta por las ideas de la consciencia colectiva.

Por eso estar presente es, en el fondo, recordarte a ti mismo: estar presente en ti, sin perderte en la trama febril de la ilusión que genera la mente. Es mantener la atención pura y simple en tu Ser, y no en lo que deseas del mundo o en lo que el mundo te sugiere.

Cuando habitamos lo que realmente somos, no hay pasado, ni futuro: solamente el presente como un eterno ahora. Tu relación con Dios no está en otro tiempo. Se renueva cada segundo, aquí y ahora; está sucediendo en este mismo momento. ¡Ahora, ahora, ahora!

No te apresures por algo que ha de suceder en el futuro. No te quedes en el pasado.

En lo de todos los días

Siempre que estás presente, reina la armonía. Por eso, evita vivir una vida mecánica: está presente, en meditación continua, contemplando a Dios en ti mismo y en la sencillez de las cosas.

Cuando empieza tu día y vas camino al trabajo, mira con detenimiento la calle que te rodea, o prueba a ir por otro camino, aceptando toda la experiencia como un regalo. Si tu carro no quiere arrancar, respira profundo y no le des espacio al estrés; quizás la vida solo está tratando de darte dos minutos de retraso. Mastica despacio, siente cada aroma, cada sabor, cada bocado. Sé consciente de cada pequeño detalle mientras te lavas el cabello, disfrutas la cena o preparas el café.

Hay una práctica muy simple que usa la mente a tu favor: repetir por dentro lo que estás haciendo. Si barres, te repites una y otra vez «barriendo, barriendo, barriendo». Y lo mismo al comer, al conducir, al cocinar o al peinarte. Así traes la mente al momento que estás viviendo, y esta simple práctica termina haciéndose un hábito que te mantiene presente.

La mente es como un cachorro en un lugar nuevo: sale corriendo para todos lados. Hay que enseñarle a quedarse con su dueño. Cada vez que te des cuenta de que se fue, cuestiónala y tráela al presente. La mente en el presente se estabiliza. No somos la mente.

Y cada vez que sientas que te divorcias del presente, observa aquello que te saca de él. Pero no es el objeto, la persona o el acontecimiento lo que tienes que observar. Vívelos normalmente, no los ignores, pero mantente presente con ellos, sin juzgarlos. Lo que observas es tu fascinación con ellos, la idea de que te van a satisfacer plenamente.

El juego de encontrarlo

El espíritu de Dios está en todas partes, y por eso está aquí y ahora. Ya tienes una relación directa con Él. Cada vez que estás presente, estás en esa relación; en cuanto te vas en tus pensamientos, te desconectas de ella. Entre más te ejercites estando en el ahora, más se fortalece.

No te tortures razonando todo el tiempo. Juega con Dios a encontrarlo. Cada vez que te des cuenta de que estás distraído en la mente, juega a encontrarlo de nuevo en ti. Haz de esto un juego, porque cada vez que te encuentras en el presente, lo encuentras a Él. Con la práctica será cada vez más fácil, hasta que se te haga obvio, espontáneo y natural.

En cada momento y en cada instante, favorece tu presencia por encima de cualquier imagen, idea o concepto de la mente. Quédate presente y consciente del ahora hasta que se haga la constante, hasta que te des cuenta de que no hay nada que realizar. Estar presente es el comienzo de ese vínculo sublime, de esa relación que ya ha sido servida para ti.

¿Qué más necesitas buscar en esta vida, cuando Dios es simplemente todo?

De los libros del Dr. Zuluan Orion: Iluminación · Deshojando el Corazón de la Eternidad · El refugio del corazón · Devoción