THE FLAME CODEX
SHAQ’OR

El buscador: la última máscara del ego

Iluminación · Rama IV · Las prisiones de la mente

«A medida que pasa el tiempo, la misma espiritualidad se convierte en otra forma de búsqueda, reforzando el sentimiento de separación con nuestro ser.»Del libro Deshojando el Corazón de la Eternidad

Durante años busqué con todas mis fuerzas. Me fui a vivir a Tailandia para dedicarme a meditar de día y de noche, dejando atrás a mi familia y mis creencias. La principal de mis tribulaciones era la duda: en muchos momentos perdí la fe, creyendo que nada de lo que hacía me llevaría a algún lado. Me sentía cansado de esa exploración imperiosa, de buscar en un maestro y en otro la verdad del despertar.

Un día, un amigo y maestro me dijo: «Has hecho tanto esfuerzo en tu vida espiritual, que creaste una identidad de buscador espiritual. Deja de serlo».

Al escuchar estas palabras sentí literalmente un puñetazo en el estómago que me dejaba sin aire. No comprendía cómo todo el esfuerzo realizado no servía de nada. Al ver mi expresión, me dijo una vez más que dejara de buscar y lo soltara todo, que no le diera importancia a nada de lo que en mi práctica había convertido en sagrado, porque había sido mi ego el que creó toda esa nueva identidad para mí.

Una identidad muy espiritual

Él me habló sabiamente. Yo me había creado muchas ideas de lo que debería ser y hacer, hasta el punto de evitar que lo más simple ocurriera.

El ego es el sentimiento de separación, y quiere crear una versión espiritual de ti mismo. Por más esfuerzo que hagas creando un ego espiritual y lleno de experiencias, este seguirá identificándose con la idea de lo que cree que es. El ego está desesperado por sostener esa falsa identidad, aunque sea una muy espiritual.

Incluso la búsqueda la genera el ego. Es él quien cree que la iluminación es para él, y así convierte al buscador en una superpersona. Muchos caen en esta búsqueda imperiosa como si fueran estudiantes en busca de un doctorado: van a templos, toman cursos y capacitaciones que a la final son solo recetas que crea la mente. A esas personas, la búsqueda espiritual no las hace espirituales.

Empezamos a crear caminos y a esperar algún tipo de progreso que se pueda medir, con experiencias, con conquistas, con reconocimientos. Quedamos fascinados con mundos sutiles que, por más bellos que sean, al final generan adicción. Y entre más ideas acerca de la verdad se obtienen, más distante se hace esa verdad.

¿Por qué buscamos?

La búsqueda espiritual se fundamenta en que asumimos, aun sin darnos cuenta, que estamos separados de la verdad o del Ser, precisamente aquí y ahora. En el instante en que creemos ser diferentes a la realidad, iniciamos una búsqueda equivocada, esperando conseguir algo que el ego pueda poseer u obtener.

Y sin embargo, en el fondo, el impulso viene del Ser. En nuestro corazón existe un vacío que ninguna experiencia puede colmar. Es el Ser mismo quien genera esa inconformidad con lo que estamos viviendo, y la mente la traduce en una señal de volver a buscar una vez más. La iniciativa de querer despertar de esta pesadilla proviene de nuestro verdadero Ser.

Pero cuando la mente se adueña de ese impulso, la búsqueda interna se vuelve, sin darnos cuenta, una forma más de divorciarnos de la verdad y de sostener el sentimiento de separación. Si buscas a la Divina Presencia, puedes perderte en esa frenética búsqueda evitando el presente, que es donde verdaderamente ocurre esta relación.

Dejar de buscar

Después de aquel encuentro dejé de meditar, lo dejé todo. Me dije a mí mismo que nada de esto era para mí. Me sentía disgustado con Dios, con el universo, con los maestros; estaba extenuado y con una gran frustración. Probé el sabor de la impotencia humana: no había nada que yo pudiera hacer para dar paso al despertar de mi Ser. Todos mis esfuerzos, por nobles que fueran, venían del ego.

Al romper con la búsqueda me encontré también, de manera espontánea, en un estado sin deseo. No era un estado depresivo, sino una comprensión. Hoy puedo decirte que ese es el estado natural de todos los seres. En lo profundo, detrás de cada uno de nosotros, no hay nada que el alma quiera. El alma está dispuesta a abrazarlo todo, pero no desea nada en particular.

Por esos días yo tenía una estatua de Buda ante la que me había postrado infinidad de veces, como un acto de devoción y rendimiento. Una noche la vi por lo que realmente era: una estatua de metal. Le puse una corbata alrededor del cuello, para desmitificarla, y me fui a dormir.

De alguna manera, uno de mis últimos ídolos caía del altar que yo mismo le había creado. Yo quería vivir lo verdadero y no una estatua, pero honestamente, en esos momentos me importaba un pepino si era para mí o no. Poco después, cuando ya no buscaba nada, llegó por gracia aquello que había perseguido durante tantos años.

Bajo tu nariz

Esa gran revelación que buscas no puede ocurrir por una causalidad, por un efecto, ni por una técnica que te lleve a un nivel superior. Aunque es simple vivir en la entrega, sé que no es fácil: le hemos dado todo el poder a la mente, que incluso nos engaña haciéndonos creer que realmente estamos entregados. La devoción es la que trasciende a esa supuesta superpersona, que a la final no es más que un puñado de pensamientos y emociones donde no hay nadie. Entonces, si no hay nadie allí, ¿quién es devoto de quién?

No busques a la Divina Presencia fuera de ti. No está en la nube más alta: está justo bajo tu nariz, en tu corazón, en tu propia consciencia. Descansa tu atención en el sentimiento de la vida, que es el Ser, en el eterno ahora. Ahora yo te digo a ti: no más ideas, no más conceptos, solo vive en relación con Dios.

De los libros del Dr. Zuluan Orion: El refugio del corazón · Iluminación · Devoción · Deshojando el Corazón de la Eternidad