«Lo que crees que le haces a otro ser, en realidad te lo estás haciendo a ti mismo.»Del libro El refugio del corazón
Desde que era un niño travieso e imaginativo quise ser piloto de avión. Cada vez que escuchaba el sonido de los aviones volar sobre la casa, salía corriendo a mirarlos desde la ventana. Construía mis propias cabinas con sillas y cobijas, y muchas veces salíamos en familia a verlos aterrizar. Yo los llamaba pájaros del aire.
La vida me sustrajo de ese gran sueño. Me puso por delante un camino espiritual: primero, sanar la crianza que tuve; luego, transformar mi dolor y mi sentimiento de separación en un proceso de iluminación que nunca creí posible para una persona común como yo. Después me condujo por una senda de solidaridad y entrega, para ayudar a otras personas en su propio despertar. Solo años más tarde pude retomar mis clases de aviación.
Muchos dirán que todo eso fue karma. La verdad es que es dharma, porque el destino del individuo se transforma en un destino colectivo. Una forma sencilla de decirlo es que el universo necesita más seres despiertos a la verdad que pilotos de cualquier aeronave.
El karma hay que entenderlo con el corazón, no con la mente. Es intuición, no razón.
No hay otro
La ley del karma sigue tan vigente como siempre, porque somos un solo Ser en la Consciencia. Por eso, lo que hacemos a otro estará causando irremediablemente un efecto sobre nosotros mismos, aunque aparentemente veamos frente a nosotros a alguien digno del mal que le hacemos o le deseamos.
Necesitamos comprender que al prójimo no le podemos hacer daño, y no solo por un acto de bondad, sino porque literalmente el daño lo hacemos a nosotros mismos. Todos somos expresiones de la Divinidad, y ella habita en todo lo que ves.
No hay otro. El otro soy yo mismo, con otro rostro, con otra identidad. Pero nos habita la misma mirada y palpitamos con un mismo corazón: el de la Divinidad. No hay ruptura ni división; no para el corazón. Es la mente quien fragmenta y divide.
Si para ti la Divinidad es sagrada, relaciónate con todo en tu vida como algo sagrado, porque lo es. Incluso con aquellos que no son de tu agrado por sus actos en tu contra: en ellos también habita la Divina Presencia, enlodada por su ignorancia, pero allí está. Y esto no significa que, si tienes que tomar decisiones para impedir que te hagan daño, no las tomes. Tu vida también es sagrada.
El residuo que deja la fricción
El karma es acción con reacción que genera residuos energéticos, creados por la fricción contra el flujo natural del universo. Es aquello que está fluyendo en desarmonía con nuestra Divina Presencia, y se relaciona directamente con las elecciones que tomamos.
¿Cómo empezó? A la vida humana se le dio un regalo que no le fue concedido a ninguna otra forma de vida: cocrear con Dios. Originalmente, todos los deseos surgían de la Consciencia de Dios en nosotros, y todo lo que deseábamos estaba en consonancia con el dharma.
Pero con el tiempo nuestras mentes se enfocaron en lo que estábamos creando, y perdimos de vista el silencio de la consciencia de Dios dentro de nosotros. Nos perdimos en el ego. Eso crea fricción en el universo, y así nace el karma: se queda en nosotros y se liga a nuestro ser.
Desde el comienzo, cuando como humanidad empezamos a resistirnos ante el dolor, fuimos creando residuos de energía y eventos que ya no fluían de manera armoniosa con el universo. Y el libre albedrío, que es nuestro regalo más sagrado, lo convertimos en la fuente de nuestro sufrimiento.
Algunas veces nos equivocamos por inocencia y otras por malicia; sin embargo, el residuo energético siempre será generado. Y las buenas acciones no borran las negativas: el alma necesitará aprender de lo que ha hecho mal. El universo no funciona como dice el viejo adagio: el que peca y reza empata.
El dharma: la Consciencia de Dios en movimiento
Dharma es la Consciencia vibrante de Dios, libre de cualquier fricción o discordia. Cuando fluimos dharmáticamente, estamos en sincronismo con el universo sin dejar residuos de energía.
Cuando el dharma no es obstruido por los hábitos del karma, la vida llega a ser exitosa, y nuestros logros retornan a un campo de infinitas posibilidades, como cuando desde lo alto de una montaña contemplamos la diversidad de los paisajes en la lejanía. Esto es así porque la Consciencia de Dios está viva en la forma humana.
En mis libros hablo de dos ruedas. La Rueda del Karma hace referencia a las aflicciones que apesadumbran al corazón humano, y esas aflicciones surgen de la ignorancia: de olvidar la naturaleza esencial de la vida, que es la Consciencia silenciosa de Dios en nosotros. Así la mente recrea sus malos hábitos una y otra vez.
La salida de esa rueda que gira y gira es una mayor atención plena con respecto a nosotros mismos, para que la mente quede anclada en el océano del silencio eterno y la acción humana se realice como un flujo de la Consciencia de Dios dentro de nosotros. La Rueda del Dharma, en cambio, está llena de gracia, de plenitud y de abandono. Es gracia divina en movimiento que realinea el desorden kármico.
Servir más allá del ego
El dharma son las acciones benevolentes que se hacen más allá del ego, para el beneficio de la humanidad. Generas dharma cuando sirves a las personas solo por el hecho de que estás reconociendo la divinidad en ellas, y no porque haya un vínculo. Eso es diferente a cuando eres bueno con aquellos que te rodean: ahí estarás generando karma positivo a través de tus acciones benevolentes.
Mientras actúes desde el punto en el que no reconoces a la Divinidad en cada forma de vida, y sigas creando separación, estarás generando más residuos de energía. Pero si la reconoces en todo y en todos, jamás obrarás en contra de alguien o de algo. Amarás a la vida con tus acciones y con tus palabras, con tus pensamientos y con tu corazón.
Es algo simple, en verdad. Si llego a comprender que, si daño a alguien, me estoy haciendo daño a mí mismo, automáticamente cambiaría el nivel de consciencia de la humanidad.
Por el amor y no por el dolor
Para trascender el karma hay que comenzar por amarlo, comprenderlo y saber que es un aprendizaje necesario que, una vez asimilado, nos conducirá hacia nuestra propia liberación. ¿Muy complejo? Es sencillo, en verdad.
Cuando la Consciencia de Dios se mueve dentro de la mente humana, el Creador toma la responsabilidad del karma y restaura el dharma. Entre más claridad generemos dentro de nosotros, menos residuos de energía habrá, y la intención del universo se irá haciendo más clara en nosotros. Hoy tu nivel de consciencia te permite aclararte a través del amor, y no del dolor.
La meditación es un acto devocional mediante el cual permites a la Divina Presencia manifestarse a través de ti y transformar toda esta energía. Por eso, al rendirte ante esa Presencia, ella se encargará de ti.
Somos un solo ser con millones de rostros. Reconoce que la Consciencia Divina está detrás de todo, y estarás alineado con el dharma, actuando sin fricción en favor del universo.
De los libros del Dr. Zuluan Orion: El refugio del corazón · Deshojando el Corazón de la Eternidad