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El ego: el sentimiento de separación

Iluminación · Rama IV · Las prisiones de la mente

«El ego es una vana ilusión; una juguetona fantasmagoría que nace dentro del tiempo y muere dentro del tiempo.»Del libro Deshojando el Corazón de la Eternidad

Muchas veces hablamos del ego como si fuera un rasgo del carácter. Decimos que una persona sí que tiene un ego grande, o qué egoísta es él o ella. Usualmente lo asociamos con un pequeño diablillo interno que hace de las suyas.

La verdad es que el ego no tiene que ver con esas formas de representación. Entendámoslo simplemente como la sensación de separación entre el sujeto, que es el Ser, y la aparente experiencia que se tiene, es decir, el objeto. Dicho de una manera más sencilla: es sentir que aquí estoy yo, que allá está el mundo, y que entre los dos hay una pared invisible.

Por eso no se trata de pelear con él. Se trata de verlo.

Una pared invisible

Una vez que presumimos que hay alguna forma de separación, empezamos a sentirla, y muy directamente. Si piensas y crees que eres separado, entonces te vas a sentir separado.

El ego se manifiesta por medio de la mente y se erige como el pensamiento del yo: la sensación de ser diferente. Y me creo esa diferencia y esa división. La mente asocia ese yo mental con el cuerpo, y así se genera una falsa identidad, una falsa idea de nosotros mismos.

Todo ello se forma cuando erróneamente nos identificamos con el cuerpo como si fuera nuestro Ser. Viéndonos así, determinados por el cuerpo, creemos que estamos separados de nuestro entorno, cuando en realidad no es así. Y al vernos separados, el universo se vuelve para nosotros ajeno y fragmentado. Dejamos de vivir para sobrevivir.

Una moneda de dos caras

Aunque lo llamemos sentimiento, la separación no es una emoción como las demás. En el fondo es tan solo una idea. Por eso digo que el ego es como una moneda de dos caras: por un lado proyecta la idea de separación del mundo que percibimos con los sentidos, y por el otro crea el sentimiento de separación con nuestra esencia, con nuestra consciencia.

La sensación de separación es una forma de estar ausentes de nosotros mismos. Olvidamos a la Divinidad dentro de nosotros, pasamos a sentirnos indignos y a creer que se encuentra afuera. Y olvidamos también nuestra verdadera esencia, que es inocente, intuitiva, solidaria, dulce y omnipresente, así como lo es la Divinidad.

Por eso el ser humano se volvió experto en huir de sí mismo. Busca distracciones: fiestas, conversaciones excitantes, viajes, el trabajo, las compras, o una simple actitud de víctima. El hombre es un permanente fugitivo de sí mismo, y el instrumento que le sirve para adormecer la consciencia y no estar consigo mismo es la mente; y tras bambalinas, el ego.

Nosotros mismos reforzamos este sentimiento. Les enseñamos a nuestros hijos a identificarse con su raza, su religión, sus creencias y su posición social, y en el colegio se refuerza aún más la idea de individualidad. Nuestra identidad se convierte así en la raíz de nuestra sensación de separación.

Un reloj lleno de engranajes

El ego funciona como un reloj lleno de piezas. A veces intentamos romperlo quitándole algunas, pero sigue funcionando a través de otros engranajes que continúan en movimiento. Por eso es tan difícil de desarmar: está hecho de muchas partes.

A esas partes las llamo subrutinas: mecanismos que funcionan unos encima de otros, siguiendo los patrones de cómo sentimos, pensamos y reaccionamos. Creamos millones de ellas, en las relaciones, en el trabajo, en la familia y, sobre todo, en la búsqueda espiritual.

Te daré un ejemplo, aunque parezca superficial. Cuando empiezas una nueva relación de pareja, tu ego genera una subrutina muy amable, ajustada a las expectativas de la otra persona. Esa simpatía se pierde después de un par de años, porque debajo seguían existiendo los engranajes de una subrutina anterior.

El ego, por lo tanto, no es una entidad, sino un conjunto de subrutinas profundamente arraigadas dentro de nosotros, que generan la idea de una persona. Si miras hacia atrás, podrás reconocer cuán amoroso eres, pero también cuán terco. Ahí encontrarás tus propias subrutinas.

Cuando quise destruirlo

Yo también quise acabar con el ego. Me sentía identificado con la subrutina de mi búsqueda espiritual, y me costaba romper con la idea de que era mi propio ego el que estaba creando la ilusión. Me mantuve atento, observador y crítico de mi propia mente, creyendo que apuntaba a su destrucción. Pero la realidad era muy distinta: mi arma resultó ser mi propio ego. El supervisor de mis subrutinas terminó convirtiéndose en el peor verdugo de mi identidad.

Así funciona. Dentro de la misma búsqueda espiritual, el ego crea nuevos engranajes con la intención de eliminarse, sin saber que no es más que él mismo, tratando de idear un sistema más complejo para su supuesta destrucción.

El ego siente que es un individuo, y que es él quien va a tener una mística transformación, una iluminación. Pero eso es imposible. Algo irreal, sin verdadera presencia, no podría ser la base para nada.

¿Cómo se puede negar el ego a sí mismo? Verdaderamente, no puede. Intentar destruir el ego con la mente es como nadar en las aguas de un espejismo.

Lo que sucede en la presencia

Lo que sí podemos hacer es rendir nuestra atención en el presente, favoreciendo el sentimiento de vida, de existencia, que es anterior a la mente. No se requiere ningún esfuerzo para demoler el ego: se disolverá por sí solo cuando puedas percibir que eres uno con el Ser.

Y cuando notes que estás siendo muy duro con ciertas emociones, también eres capaz de convertirlas en amor: sin esfuerzo, nada mecánico, solo observando con consciencia y presencia lo que está surgiendo dentro de ti. No te definen los engranajes de tu ego.

Si al romper con aquello que crees ser aparece algún temor, recuerda que surge del ego, que cree que va a dejar de existir. Incluso la observación de ese miedo ya generará una transformación en ti: habrás comprendido que eso no es lo que realmente eres.

El ego tiene muchas caras, y todas están basadas en la separatividad. El Ser tiene una sola esencia y no tiene cara en particular, por más que está en todas ellas. Su esencia es Unidad. Quédate un instante con ella, aquí, ahora.

De los libros del Dr. Zuluan Orion: Deshojando el Corazón de la Eternidad · El refugio del corazón · Iluminación