«Aunque tengamos estas tres fuertes cargas sobre nosotros, no implican un impedimento, sino un proceso de aprendizaje que nos llevará a la trascendencia.»Del libro El refugio del corazón
Decidí formar mi propia familia sobre los cimientos del amor. Mi hijo a veces lloraba sin razón aparente, hasta el punto de desesperar a todos a su alrededor. Si tienes hijos, sabes exactamente a qué me refiero.
Un día lo cargué con unos gestos completamente ajenos a mí, como si hubieran estado dormidos hasta ese momento en la memoria de mi cuerpo, y sentí el impulso de gritarle para que parara. De inmediato comprendí lo que estaba pasando. Yo no quería causarle ningún dolor. Entonces decidí arrullarlo junto al calor de mi pecho. Lloró un poco más, y luego se quedó profundamente dormido.
Aquel impulso no había nacido de mí. Estaba guardado en la memoria de mi cuerpo, esperando una situación parecida para repetirse.
Una ecuación sencilla
En uno de mis libros lo resumí con una ecuación. La domesticación, sumada a la memoria celular y al karma, da como resultado lo que la persona es o representa dentro de una comunidad y en un momento determinado de la historia: eso que llamamos personalidad.
Dicho con palabras más sencillas, la persona es la suma de lo que aprendimos, de lo que heredamos y de los residuos de energía que vamos dejando con nuestras acciones. Y esto sucede porque la consciencia se identifica con el ego. Entonces terminamos viviendo en la mecánica de la condición humana: reaccionamos y repetimos, casi sin darnos cuenta.
Lo que aprendimos
De manera parecida a como se domestica a un caballo, o a un elefante para que lleve personas o carga en su inmenso lomo, o a un perro o a un loro para que aprendan a cumplir unas reglas y convivir con sus dueños, así sucede también con el ser humano. Se nos domestica con la religión, las creencias, la cultura, la familia, y a eso agrégale el sistema escolar y social. Así llegamos a la adultez moldeados al sistema de la consciencia colectiva, donde además nos enseñan que, si no encajamos, hay algo mal en nosotros. Es casi una castración de la inocencia. Y así es como nos desconectamos de la Divinidad: a través de la domesticación religiosa nos convencieron de que somos indignos de Ella.
No todo lo aprendido es negativo. Existe una domesticación positiva, que es la educación, y una domesticación negativa, que es la manipulación y la robotización de la vida. Por eso domesticar y educar son opuestos. Domesticar impone un patrón de comportamiento que es la sobrevivencia mecanizada. Educar nos abre a la vivencia embriagada del existir: el contacto auténtico y real con nuestra verdadera realidad y con la vida, como vivencia del Ser.
Lo que heredamos
Muchos de los aspectos que definen nuestra psiquis —nuestra mentalidad, nuestras tendencias, nuestras formas de pensar y de sentir— están conducidos por la herencia de nuestros ancestros. Cuando el alma entra en el cuerpo al nacer, las memorias ya están esperando por nosotros. Eso es lo que llamo memoria celular.
Piensa en una piscina. Cuando algo sacude el fondo, el sedimento sube y enturbia el agua. Así se activan esas memorias: nublan y distorsionan la percepción, y nos llevan a reaccionar de una forma similar a como nuestros ancestros habrían reaccionado frente a una situación parecida.
Ese sedimento está hecho de las acciones que ellos no terminaron y de las experiencias que no tuvieron resolución en su generación. Ahí quedan guardadas también las semillas de karma, esos residuos de energía que se crean cada vez que actuamos sin reconocer a la Divinidad en cada forma de vida.
Todo esto moldea la personalidad con la que te desarrollas; podrás verlo en los niños pequeños, en sus gestos, sus formas y sus maneras. Hay tendencias que se mueven dentro de la consciencia familiar, como la tendencia a ser iracundo, que aunque no esté latente en todo tu linaje o en tus hermanos, podrá estar latente en ti. Y lo mismo sucede con las virtudes.
La consciencia colectiva tiene un modo de pensamiento que nos llega de todos nuestros ancestros, además de la domesticación que recibimos en la escuela y en nuestras pautas de crianza. Todo ello nos lleva a retroalimentar una y otra vez las mismas formas de pensamiento.
Lo que nunca fue domesticado
Pero hay algo que quiero que sepas. Ese condicionamiento recae sobre el carácter, y se realiza utilizando a la mente, que es simplemente un instrumento y que además carece de esencia. La domesticación no alcanza al alma, ni al Ser, y menos a la consciencia. Al contrario: la consciencia se convierte en el baluarte y la protección del alma, para que, no obstante su pertenencia a una época y a una cultura, conserve la memoria de su naturaleza inmortal.
¿Puede el alma rebelarse contra la domesticación? Claro que sí. La rebeldía del alma es la manifestación de la consciencia que cuestiona su entorno.
Todas esas ideas que aprendimos y heredamos son ilusorias, tanto como la personalidad que se las cree; pero ambas están surgiendo dentro de tu propia consciencia, y ninguna de ellas te define. Una vez que logres trascenderlas, te darás cuenta de que esas ideas siguen fluyendo, pero ya no tienen validez, porque no existe un Dios separado de ti.
Lo que sanas en ti
Si viviste en un hogar donde hubo violencia, eso no significa que sea culpa de tus padres. Ellos también habrán crecido igual que tú, aprendiendo que el amor se expresa a través del dolor. Justamente esa cadena es la que necesitamos romper en nosotros mismos.
Cuando herimos a nuestros hijos, les estamos enseñando que el amor está unido al dolor y al sufrimiento. Todo lo que les enseñamos, todo lo que les transmitimos, definirá lo que serán en el futuro. Por eso, si durante tu crianza quedó en ti una huella de dolor, ha llegado el momento de aceptarla y transformarla. Y no solo por tus hijos: ese mismo rasgo puede manifestarse hacia tu pareja, tus compañeros y las demás personas de tu vida.
No necesitas conectar con las memorias de todos tus ancestros para sanar. Lo importante es sanar en ti aquello que está en el presente; así estarás reprogramando toda tu memoria celular. A través de la meditación vas liberando esos patrones. Y hay algo hermoso en todo esto: todo lo que sanes en ti, tu descendencia quedará libre de ello.
Aquel día, con mi hijo llorando en mis brazos, un gesto que no era mío quiso repetirse a través de mí, y yo escogí el calor de mi pecho. Fue apenas un acto de consciencia, pero en él comprendí que el amor es más fuerte que el dolor, y que sobre los cimientos del amor se puede crear una nueva forma de vida.
Esa misma posibilidad te espera a ti. Lo que aprendiste y lo que heredaste no es lo que eres. Eres la consciencia que puede darse cuenta, detenerse y escoger el amor.
De los libros del Dr. Zuluan Orion: El refugio del corazón · Deshojando el Corazón de la Eternidad · Devoción · Iluminación