«Yo reconozco que Yo Soy y que es Dios en mí.»Del libro Devoción
Si ahora mismo alguien te preguntara quién eres, lo más probable es que respondieras con tu nombre. Respondemos al nombre que nos dieron al nacer, a nuestro género y a nuestra cultura, porque eso fue lo que nos enseñaron. Creemos conocernos porque conocemos nuestra mente y nuestro cuerpo, y quedamos atados a la persona que somos en apariencia.
Sí, esa es tu personalidad. Pero tu verdadero Ser es el Yo Soy.
Este es el más grande y el más hermoso de los misterios. Un misterio tan profundo y tan sencillo abre el portal a una gran revelación, capaz de transformar el corazón humano.
Lo primero que sabes de ti
El Yo Soy es el único conocimiento que el Ser tiene de sí mismo. Cuando hablamos de Consciencia, en realidad estamos hablando de nosotros mismos. El espíritu no se reconoce por ningún nombre, afiliación o experiencia; es la vida misma. Lo que realmente eres es primordial a toda idea y a toda personalidad, y está libre de todo conflicto.
¿Te sientes vivo? Eso significa que Dios está ahí para ti, que Él es la vida misma, tomando parte en cada palabra y en cada sentimiento. Dios está presente incluso en la calidad de tus pensamientos, por fortuitos que sean.
El mismo Yo Soy
Si quieres establecer una relación con Dios, primero tienes que establecerla contigo mismo. Ese es el misterio: el Yo Soy en mí y en ti es el Yo Soy de Dios.
Para vivir esta relación no hace falta doblar la rodilla ante una imagen. Puedes conocer a Dios a través de ti mismo, y no a través de algo externo. Él es Dios, y tú eres parte de Su esencia; puedes verte a ti mismo a través de Él y reconocer Su presencia en ti. Tu cuerpo es un refugio para la Divinidad.
Así he vivido desde mi despertar: mi relación es con Dios. Yo Soy en la Consciencia divina, soy uno con ella, soy uno con todo. Vive tú también en una relación contigo mismo, y Él se te revelará. El gozo es la prueba de que es así.
Un misterio sin fin
Hay algo que nunca se resolverá, porque es un misterio divino, y por eso no tiene fin: el misterio de la existencia, de la Divina Presencia. A medida que nos adentramos en esta relación con el Padre-Madre, abrimos la primera puerta hacia esta revelación: todo lo que vive a nuestro alrededor es la Consciencia misma.
Recuerda que este misterio no es algo que tengas que desentrañar. No se puede armar como un rompecabezas, porque es eterno. La experiencia que construyes con Dios es entre tú y Él, y cada uno la vive a su manera. Nunca llegarás a ser tan grande como para decir que eres Dios, pero con cada paso que das se rompe un velo y siempre hay algo nuevo por descubrir.
En silencio, no con palabras
Todo esto va más allá de la comprensión intelectual; excede la razón. La mente siempre encontrará la manera de evitar una relación con el presente, y por eso hablamos de un proceso del corazón: sentir devoción y vivir maravillado. Después de experimentar ese silencio es imposible ponerlo en palabras, y la mente se queda sin habla. Ahí es donde ocurre el misterio de la vida.
Es tan simple como entregarte a tu propio corazón, dejar que la vida fluya y permitir que el Ser te cuide. No es un acto de abandono; al contrario, es el acto de no estar en la mente, de estar simplemente presente.
El acto devocional consiste en disolver una y otra vez la mente en aquello que Yo Soy. Cualquier pensamiento o idea que surja en ti, disuélvelo en ese sentimiento de vida: así se dará tu despertar. Y aunque la mente se disuelva, lo que tú realmente eres sigue siendo.
Esta relación con la consciencia es la gran puerta al Yo Soy, que jamás se puede cerrar, porque tu consciencia siempre está disponible a sí misma cada vez que te haces presente con ella.
Una meditación del corazón
Te comparto una meditación sencilla para conectar con el corazón y fluir desde allí. Busca un lugar cómodo y privado; si quieres, graba tu propia voz para que tú mismo seas tu guía. Cierra los ojos, relájate y hazte consciente de tu respiración, llenando el abdomen al inhalar y soltando el aire despacio.
Lleva tu atención al centro del pecho. Al inhalar, tu percepción va hacia el corazón y lo llena de luz y de calor; al exhalar, esa luz se expande por todo tu cuerpo. Siente tu respiración como un acordeón.
Luego, una por una, ve llevando las cosas en tu respiración. Las formas: al inhalar se disuelven en el vacío del corazón, y al exhalar vuelven a salir. Los pensamientos: al inhalar regresan al corazón como niños que vuelven al salón después del recreo, y al exhalar salen otra vez a jugar. Después los sentimientos, y por último el cuerpo, o la idea de tener uno.
Al final, llévalo todo a la vez: el universo, los pensamientos, los sentimientos, el cuerpo y el entorno se disuelven al inhalar y vuelven a la forma al exhalar. Siente el corazón como un portal al infinito y ofrece toda tu vida a Dios como un acto de devoción. Date cuenta de que el testigo de todo lo que entra y sale sigue siendo el Ser Universal, el ojo de Dios que todo lo ve.
Sigue así unos cinco minutos más: de lo finito a lo infinito, de los pensamientos al silencio, de la agitación a la paz. Luego vuelve a sentir tu cuerpo, el lugar donde estás y tu postura, y abre los ojos.
Él está contigo
Este camino no tiene fin. En realidad es un comienzo constante: el comienzo de tu relación con tu verdadero Ser.
Cuando estés en dolor, Él está contigo. Cuando estés en devoción, Él está contigo. Cuando estés aprendiendo, Él está contigo. Cuando vivas momentos gloriosos, Él está contigo.
Cuando empiezas a vivir así, tu realidad cambia por completo. No quiere decir que vayas a tener una mejor pareja o un ascenso en el trabajo, pero cambiarán algunas de tus percepciones sobre ti mismo, sobre tu entorno y sobre las personas y las situaciones que te rodean. Es así de sagrado, porque Él está en todas partes. No necesitas palabras para reconocerlo: Él te escucha cada vez que eliges hablarle.
De los libros del Dr. Zuluan Orion: Iluminación · Devoción · Deshojando el Corazón de la Eternidad