«Hay siempre una parte de nuestro Ser que nunca cambia y que permanece inmutable.»Del libro Deshojando el Corazón de la Eternidad
¿En realidad crees que tu consciencia ha sido alterada desde tu infancia hasta este momento?
Conecta con tus recuerdos de infancia, con esa sensación de vida de cuando tenías apenas diez años. ¿Acaso esa sensación cambió con tu edad actual?
Cuando cierras los ojos y todos esos recuerdos llegan a ti, sientes que has vivido un pasado. Y es cierto que muchas cosas cambiaron. Tu cuerpo envejece con el transcurrir del tiempo, y tu mente también, aunque mucho más despacio. Pero el que miraba el mundo a través de tus sentidos cuando eras niño, ¿no es el mismo que lo mira hoy?
Déjame mostrártelo con algo muy cotidiano.
Un día en el parque
Imagina que vienes de un parque, de pasar allí un buen día. Te sentiste relajado, integrado con todo el bullicio a tu alrededor, abierto y claro. Si pudieras mantener esa sensación de unidad para siempre, todo sería tan diferente.
Pero llegas a tu casa y no encuentras las llaves. Buscas en los bolsillos, en el morral, y empieza la ansiedad. La unidad se desvanece rápidamente. Al fin las encuentras y entras. Sobre la mesa del comedor hay un sobre tamaño carta que dejó el correo; lo abres y lees, en tinta roja: último aviso.
Ahora estás preocupado, inquieto y de mal humor. Sientes un calor sofocante en el rostro. Te están cobrando algo que ya pagaste, y tu sensación de ser un individuo queda reducida al contenido de una carta.
Las horas pasan lentas, como los vagones de un tren de carga. Cuando tu pareja llega a casa, ya sabes, sin ser adivino, que todo lo sucedido va a recaer sobre ti, y se acentúan aún más el desasosiego, la fricción y la incomodidad. Tu corazón se cierra todavía más, y te defiendes como si tu vida estuviera en peligro. En ese momento has contraído el velo de la separación a su máxima expresión.
¿Cuál es la real?
¿A dónde se fue la unidad? ¿Por qué es tan débil, que ante la primera contrariedad desaparece sin dejar rastro?
Mira esto con calma. Tú fuiste consciente de la sensación de unidad en el parque, de igual manera que fuiste consciente de la contracción frente a esa carta. ¿Cuál es la real?
Ambas y ninguna.
Tu Consciencia ni se contrajo ni se expandió. Consciencia es tu verdadera naturaleza. Las dos sensaciones fueron simplemente experimentadas en ella; lo que cambia es el valor, la trascendencia que tú les concedes, y eso solo tiene que ver con el nivel de identificación que tengas con tu Ser. Ni la unidad ni la contracción tienen que ver con tu verdadero Ser, y tu Ser no sufrió ninguna variación.
Tu Ser no es ni la una ni la otra. Hubo un observador, la consciencia, que todo lo miró, y no juzgó ni a una ni a otra.
Un velo que se abre y se cierra
Lo que se abrió en el parque y se cerró frente a la carta fue el sentimiento de separación. Ese sentimiento no es una emoción, aunque lo parezca. Es tan solo una idea que, según las circunstancias que nos rodean, se contrae o se expande como un velo, y nos ata cada vez más a la identidad del cuerpo.
Somos cocreadores, y nos compenetramos tanto con nuestra propia creación que nos perdimos de nosotros mismos, hasta convencernos de que hay un yo y un otro. Pero de esa separación se percata el Observador, la Consciencia. El velo no eres tú: tú eres aquello que se da cuenta de él.
Una parte de ti que es eterna
Cuando te pregunto si algo ha cambiado desde que eras niño, no me refiero a tu vida física, ni a tu personalidad, que ha ido variando a lo largo de toda tu vida. Hablo de tu esencia: ese testigo presencial de todo, que siempre está ahí.
Si te das cuenta de que ese testigo no ha cambiado, ya sabes por tu propia experiencia de qué te hablo. Esa parte de tu Ser es eterna. No importa lo que pase o lo que puedas experimentar: es sencillamente puro espíritu, y trasciende todo el tiempo y el espacio. La vida no puede envejecer; no tiene ningún comienzo y tampoco tiene final.
Descubrirlo te abre la vida a todo un mundo de posibilidades, si te mantienes presente en esa simplicidad. Empiezas a ver tu vida desarrollarse frente a ti, mágica y asombrosa, ante los ojos de una consciencia que jamás cambia y que nada la modifica.
Ya eres
Por sentirnos separados, hasta nuestra búsqueda espiritual la hacemos afuera. Iniciamos una búsqueda frenética en el mundo exterior, esperando conseguir algún logro que le dé sentido a la vida, sin darnos cuenta de que entre más ideas nos hacemos de la verdad, más distante se hace.
No necesitas crear caminos con la esperanza de avanzar y progresar hacia experiencias, conquistas o triunfos. No necesitas encontrar la luz, ni otra versión de ti mismo. Si la Divina Presencia es lo que tú eres, ¿qué es lo que tienes que buscar? Ya eres.
Cada instante en que favoreces el ahora, disolviendo la atención en tu corazón, la mente colapsa y se revela tu verdadera naturaleza tal y como es: perfecta, ilimitada y absoluta.
La próxima vez que no encuentres las llaves, o que llegue otra carta con letras rojas, es posible que tu pecho se vuelva a cerrar. Cuando eso pase, recuerda que fuiste consciente del parque y que eres consciente de la carta, y quédate un instante con aquello que se da cuenta de las dos. Es el mismo que miraba el mundo por tus ojos a los diez años. Siempre ha estado ahí.
De los libros del Dr. Zuluan Orion: Deshojando el Corazón de la Eternidad · El refugio del corazón