THE FLAME CODEX
LOV’HEN

La inocencia y la divina ignorancia

Iluminación · Rama VI · El corazón

«No te encierres en la idea de «ya lo sé», no hay que saber nada, hay que vivirlo.»Del libro El refugio del corazón

Mi búsqueda espiritual fue un largo viaje, y te aseguro que no necesitas hacerlo tú. Todo ello me llevó a encontrar en el Ser una devoción que se dio de manera natural. Cuando finalmente me entregué como si fuera un pequeño niño, inocente, sin conocimientos, experiencias, títulos, técnicas ni aprendizajes, me vi ante la majestuosidad de la Divinidad.

Allí comprendí mi divina ignorancia: que nada de lo que podamos hacer o decir nos podrá acercar a la infinitud. Solo me sentí como el pequeño hijo de un padre asombroso, a quien solo quería abrazar y entregarme para ser acogido en su amor.

De esa inocencia y de esa ignorancia quiero hablarte. No como una limitación, sino como una puerta.

Tres líneas trazadas

Desde el momento en que nacemos, en cualquier lugar del mundo, en una cuna pobre o rica, empezamos a explorar nuestro entorno y nos asombramos ante la diversidad del mundo de las formas. Con una bella inocencia infantil percibimos lo novedoso. A un bebé le puedes mostrar un objeto muchas veces, y su mente abierta y no contaminada lo sigue percibiendo como algo novedoso y casi misterioso.

Pero a medida que crecemos y somos educados, reeducados y domesticados sobre la forma en que debemos percibir el universo, empezamos a perder nuestra inocencia. Vemos el mundo como algo repetitivo, mecánico y materialista. Le ponemos un nombre a cada forma y creemos entender y saber lo que estamos viviendo. Los adultos solemos ser inconscientes de la luminosidad que acompaña ciertas experiencias de los niños, y nuestras creencias terminan pesando más que su curiosidad inocente.

En el momento en que creemos saber algo acerca del universo, hemos perdido nuestra inocencia, y no nos percatamos de ello. ¿Realmente sabemos algo, o mucho, o nada, acerca de las cosas que percibimos?

Haz conmigo este ejercicio. Observa la letra «A». ¿Sabes lo que significa? Tu mente enseguida la asocia con una letra del alfabeto y empieza a pensar en palabras que la contienen.

Pero si la observas con detenimiento, ¿sabes qué significa realmente? Son tres líneas trazadas. ¿Qué son en verdad?

Es la mente la que le da significado a la experiencia y al conocimiento. Para nuestra consciencia, en cambio, la experiencia es tan solo una extensión de sí misma.

Cuando el miedo entra en escena

Los seres humanos somos inocentes por naturaleza. Pero a medida que vivimos experimentamos toda clase de alegrías, y también el dolor. Cada vez que una experiencia nos causa dolor, el alma la memoriza para poder evitarla en el futuro.

Piensa en un niño que aprende a montar en bicicleta mientras su padre corre detrás, sosteniéndola derecha y firme para darle confianza. Cuando el niño ya tiene suficiente práctica, el padre la suelta. Al principio el niño ni se da cuenta de que va solo; cuando lo nota, puede perder el foco y caerse. En el segundo intento habrá un respeto hacia la bicicleta: el miedo habrá entrado en escena, y ahora sabrá que puede caerse y hacerse daño. Es decir que la inocencia hacia la experiencia ha terminado, simplemente porque ahora creamos la posibilidad de experimentar dolor.

Entre más dolor sentimos, más nos contraemos, y empezamos a ver este asombroso jardín que es la creación como algo peligroso. Nos hemos vuelto maestros en escondernos del dolor, entregándole todo el poder a la mente y creyendo que su programación nos puede salvar. Así nos apartamos aún más de nuestro propio ser y de su relación con la Divinidad. Nos hemos convertido en miedosos de nuestro propio poder.

Y sin embargo, el alma es esa libélula que vuela en la noche y que brilla con luz propia, bajo el titilar de las estrellas. Hay sombras a su alrededor, pero ella, finalmente, con su propia luz, dejará las sombras espesas y ascenderá hacia la morada que la espera.

La forma más alta de devoción

Esta visión nos pide volver a ser niños, volver a ser inocentes. Cada vez que lo hacemos, nos permitimos jugar libremente en la vida, y la inocencia se convierte en el imán más poderoso con el que atraemos al Padre hacia nosotros. Ese estado de inocencia es la forma más pura, más clara y más alta de devoción.

No eres dueño de la inocencia: es un rasgo natural de tu propio espíritu, y siempre puedes volver a ser plenamente inocente, porque esa es tu verdadera naturaleza. Cuando nos permitimos reírnos de todo lo que creemos saber sin saberlo realmente, cuando nos permitimos sentirnos niños otra vez, el Padre espiritual nos toma de la mano y nuestra inocencia se vuelve divinidad.

Todo lo que necesitas para establecer una conexión con Dios es activar tu inocencia. La actitud de quien todo lo sabe —yo sé, yo entiendo, yo experimento— te roba la ingenuidad, aunque tus experiencias sean reales. Ese gran niño interior es el mejor anzuelo de la divinidad, porque Dios es el más inocente de todos.

Muchos ni siquiera imaginan lo inocentes que podemos ser los seres humanos. Nuestra esencia es tan pura que todavía me cuesta entender con qué facilidad la perdemos.

La divina ignorancia

Todos somos ignorantes, porque nuestro Ser fue creado a imagen del Padre, que es Consciencia y Espíritu en su forma más pura. El único conocimiento directo que el Ser puede adquirir en el universo es el de su propia Consciencia. Llega un momento en que las ideas y los conceptos son pura ignorancia comparados con las experiencias vividas. No podemos jactarnos de saberlo todo cuando en verdad no sabemos nada.

No tomes esta divina ignorancia como una limitación intelectual: al final, la mente es solo una herramienta. Los asuntos del espíritu es mejor vivirlos desde la ignorancia. La única manera de aprender es viviendo tus propias experiencias, no a través de otros. Cuando estás de verdad en un proceso devocional, comprendes lo poco que sabes de todo. Y no estás desprotegido: si entras en este proceso con inocencia, tu esencia está protegida por Dios, que sí lo sabe todo.

No te empeñes en adueñarte de un conocimiento porque te lo enseñó un maestro, porque tuviste experiencias bonitas o porque tiene que ver con tu cultura o tu forma de pensar. Tendrás que soltarlo todo. Esas ideas ni siquiera son tuyas; son prestadas de otros. Pero una vez que aceptas que no sabes nada de nada, tu divina ignorancia te conecta con la sabiduría del corazón, que no es racional ni literal.

Quien no ha despertado sigue dando vueltas en su cabeza, porque es ahí donde tiene pleno acceso a su identidad. Quien ha despertado mora en su corazón, en unidad con la vida, con el Universo y con Dios. Ese estado de gracia llega cuando sientes la divina ignorancia: cuando por fin aceptas tu falta de conocimiento y te das cuenta de que el que decía saber era una invención de la mente. La divina ignorancia te trae paz.

Vacíate

Mi recomendación para ti es esta: acepta que no sabes nada de nada. Rinde todos los conceptos, las creencias y los dilemas. ¿Qué podrías ver en una luz tan incandescente que ya te impide ver un principio y un final?

No hay nada que aprender. No te llenes de más conceptos y creencias. Desocúpate, vacíate, sé inocente, y así el Padre te cargará en brazos para guiarte.

De los libros del Dr. Zuluan Orion: Iluminación · El refugio del corazón · Deshojando el Corazón de la Eternidad