«Somos parte de la Divinidad, pero no somos la Divinidad.»Del libro Devoción
Un día, en un lugar y en un momento indeterminados, se encontraron Tiempo y Espacio. Se conocían desde siempre y lo habían compartido todo, hasta que un instante intenso les reveló lo que sentían el uno por el otro. Eran los dos infinitos e intangibles, y quisieron vivir un profundo romance.
Enamorados y entregados, sentían sin embargo que había algo que cada uno quería imponer sobre el otro. Las dudas y los miedos los asaltaban. Contemplaron la idea de separarse, pero comprendieron que nunca sería posible. Había algo a lo que tendrían que renunciar para que su amor floreciera plenamente.
Entonces Espacio le dijo a su amado: «Nuestro amor solo será posible si entregamos nuestra propia esencia». Tiempo, sorprendido, respondió: «Si lo hacemos, quedaremos suspendidos en el eterno». «Y quedaremos fundidos en la nada de nuestro amor, en la sola presencia», replicó Espacio.
En ese momento quedaron suspendidos en la pura inteligencia, en la Consciencia que lo sabe y lo hace todo, donde no hay pensamiento, solo un eterno y pleno existir. Allí son uno y coexisten en todo.
Una paradoja con nombre
En mis libros te he hablado muchas veces del romance divino entre el espíritu y el Ser. Nuestro vínculo con la Divinidad nace de una paradoja a la que me he atrevido a llamar monodualismo. Mono, porque reconoce como Uno al Ser innato que hay en ti. Dual, porque es esa misteriosa relación la que da el Yo Soy.
Muchos piensan que Dios se encuentra en un templo, pero el verdadero templo de Dios es nuestro propio cuerpo. Por eso, cuando hablo de monodualismo, quiero decir que somos Uno y que a la vez nos encontramos en relación, en comunión, con el Padre-Madre Eterno.
Todo existe en Él, y por eso somos esencia de Él. En el monodualismo reconocemos la singularidad de nuestra existencia y, al mismo tiempo, la dualidad con la Divinidad, sosteniendo una relación con ella. Pero también comprendemos que existe un solo Ser universal y magnificente, la Consciencia Divina que lo sostiene todo. Es comprender que somos parte de algo más grandioso, que además nos permite darnos cuenta de que es así.
No hay otro ser
Todos los seres con los que nos relacionamos son nuestra extensión. No existe otro ser más que la Consciencia universal. Él es el todo absoluto: no tiene origen, ni principio, ni fin; siempre ha existido. Y si hemos sido hechos a Su imagen, nosotros también hemos existido siempre. Por lo tanto, tampoco tenemos fin.
Si este entendimiento se queda en la mente, se reduce a un simple concepto, porque la mente es finita y lineal. Se trata de abrazarlo en el corazón.
El espíritu de vida es consciente de lo que es y habita en nosotros. Este Ser, el Padre universal, es la verdadera esencia de lo que somos. Cuando vivimos en esta relación, la idea de existir fuera de ella se vuelve cada vez más absurda. Al despertar a nuestra propia esencia y restablecer esta relación divina con el Padre-Madre, podremos transformar la raíz de todo sufrimiento.
Su presencia
Ahora bien: reafirmar que eres esa Consciencia no te convierte en Dios, sino en Su presencia. Y aunque puedas asirla, no puedes reclamarla como tuya. El espíritu no es tuyo; la Consciencia es absoluta y está en todo.
En uno de mis libros lo dije en una frase muy corta: «Uno es Dios, pero Dios es Dios». En esencia eres parte de ese Espíritu Universal, y Él se manifiesta a través de ti tal como eres ahora; pero desde aquí tu percepción es limitada. También puedes decirlo así: el Padre y tú son uno, pero el Padre es el Padre y tú eres tú. Aunque suene a trabalenguas, con el tiempo lo comprenderás.
Nunca llegarás a ser tan grande como para decir que eres Dios, porque Él está mucho más allá. Fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios, pero aun así existe Él, que es excelso y puro. El Padre-Madre espiritual es lo supremo que se ha manifestado como nosotros, personalizando su impersonalidad. Aunque Dios es impersonal, se puede personificar como tú lo necesites, para que tengas una forma de relacionarte con Él. Eso no lo hace limitado; todo lo contrario: Él es la existencia de todas las posibilidades a la vez.
La unidad sin devoción queda incompleta
Esta realización te lleva a darte cuenta de que eres uno con todo, y de que ese todo también es la Consciencia de Dios. Hay seres que alcanzaron la sensación de ser uno con todo, pero no comprendieron que ese mismo todo es Dios. Por eso no viven el proceso devocional del Yo Soy: no saben que esa es la única manera de disolverse en aquello que yace en el fondo.
Aunque comprendas que eres uno con todo lo que te rodea, tiene que haber una distinción de Dios en esa presencia, una que te permita ver lo absoluto. Nuestra gran prueba como humanos es relacionarnos con Él. Una espiritualidad que ignora la devoción deja al alma sin la posibilidad de crecer en el amor de su verdadera esencia.
Conectar con este misterio no requiere ejercitar la mente. Requiere estar presente, en un estado de devoción, y simplemente entregarse al Ser de cuyo sueño somos creados. Es como si te hundieras en un pozo sin fondo y te entregaras a la esencia de lo que eres.
No estás solo
Por experiencia propia sé que este proceso no es fácil, pero la Divinidad ha estado en mi camino. Abrí mi vida espiritual a esta relación con Dios viviendo un monodualismo: aunque eres uno con todo, Dios es Dios y siempre está ahí. Él se puede personalizar para darte luz, esperanza y sabiduría. Te mostrará lo que necesitas sanar en tu vida para que lo trabajes, y así comenzarás una vida en la que sabes que no estás solo.
Realiza que no existe un pequeño tú queriendo convertirse en un gran yogui, sino un solo Dios, y que tu vida le pertenece a Él. Es Él mismo viviendo esta vida.
Ahora vivirás sabiendo que hay un ser superior, un Padre y una Madre que te están cobijando y guiando. La Divinidad está siendo tu Ser, y está permanentemente contigo. Te invito a construir con ella una verdadera relación, comprendiendo que lo es todo para tu alma.
De los libros del Dr. Zuluan Orion: Iluminación · Devoción · El refugio del corazón · Deshojando el Corazón de la Eternidad