«Todas las experiencias dolorosas que la vida nos da son para que aprendamos a ser compasivos con los demás, no son castigo divino.»Del libro El refugio del corazón
Hubo un tiempo en que me dediqué a enseñar meditación en Suramérica. Fue entonces cuando empecé a vivir una crisis de identidad muy fuerte, muy compleja en verdad. Esos estados de ánimo podrían tener un nombre: la noche oscura del alma. Es sostenerse espiritualmente en medio de la soledad, de una terrible sensación de abandono y de insignificancia personal. Todo se veía vacío, como un inmenso desierto, sin otro horizonte que un sol canicular y los montículos de arena que se repetían infinitamente, hasta perderse en la lejanía.
Te lo cuento porque tal vez tú también has pasado por ahí, o estás pasando ahora. Podemos vivir momentos oscuros durante un día, o quizá durante años. Lo importante es comprender que esos momentos llegan para enseñarnos una lección.
La alarma que se enciende
Desde el momento en que surgimos de la Fuente, los seres nos manifestamos en algún nivel de experiencia, y la tristeza llega cuando falta iluminación en la esencia de la verdad. Todos tenemos un propósito y una razón para estar aquí. No fuimos creados al azar, sino para cumplir un papel en el Universo.
Cuando nos alejamos de la fuente de nuestro Ser, o nos sentimos en disonancia con ella, empezamos a pasarla mal. La tristeza es la alarma que se enciende cuando nuestras acciones no son las correctas. No viene a castigarnos. Viene a avisarnos. El Universo nos da todas las oportunidades para sincronizarnos con él, pero siempre las rechazamos, porque creemos que tenemos que cumplir con las exigencias de nuestro entorno.
Cuando estamos tristes no logramos comprender nuestra esencia. Nos identificamos equivocadamente con el ego y con la mente, y tendemos a buscar afuera las razones de lo que sentimos: una circunstancia, una relación, una carencia, un problema de salud. Pero las dolencias del espíritu son el resultado de una desconexión de nuestra esencia. No hay mayor pena que estar separados del Padre.
Yo estoy seguro de que nuestras mayores tristezas vienen de esa separación. Sabemos que Dios existe, pero creemos que vive fuera de nosotros. Todavía no comprendemos que Él es parte de nuestro Ser.
Lo que buscamos afuera
Cuando sentimos dolor, siempre buscamos algo que nos ayude a sanar, pero lo buscamos afuera: otro trabajo, más dinero, malos hábitos, una nueva pareja, la mejor versión de algo. Crees firmemente que cuando consigas ese algo «mejor», tu pena desaparecerá.
La mente usa este engaño para mantenernos atrapados, y la búsqueda se vuelve interminable, porque siempre querremos más. La mente ha sido programada para arreglar el dolor acumulando cosas y sensaciones, sin reconocer que el único vacío que hay que llenar es el del espíritu y el del conocimiento de uno mismo.
La materia siempre genera sufrimiento, porque es finita. Solo cuando reconoces tu Ser como algo eterno, indestructible e inmutable, puedes superar el dolor que produce esa limitación. Entonces empiezas a vivir en desapego.
Sostener la luz
Este es un proceso del corazón. Es confiar en la intuición y en la guía interior. Recuerda que tu mente es solo una herramienta y que la espiritualidad se vive en el corazón.
Dios no te hizo para sufrir, y mucho menos para ser causa de sufrimiento. Tu alma simplemente necesita aprender a ser compasiva, adquiriendo maestría en la manera de transformar el dolor.
Hay etapas que necesitamos trabajar en el nivel del alma para poder crear nuestra propia luz y nuestra propia energía. Las pruebas de la oscuridad son como ejercicios que la vida nos pone para que aprendamos a sostenernos en esa luz. Y cuando por fin entramos en la luz y soltamos lo que ya no necesitamos, también liberamos luz.
Debemos ser capaces de mantener nuestro brillo interior en medio de la oscuridad. Es justo ahí cuando muchas almas se pierden: se dejan llevar por las ideas y los conceptos de la mente y caen en un tremendo sufrimiento espiritual, como si Dios las abandonara para que puedan florecer por sí mismas. Es una confrontación en la que se te pide permanecer en la luz. Es tiempo de decidir qué camino seguir.
El perdón es la llave
No culpes de tu tristeza a los errores de los demás. Si te tomas un momento para conocer su historia, verás que el sufrimiento ha sido su principal autor. Cuando comprendes esto, se derrumban los muros que te impedían salir de las situaciones que te hieren.
Alinéate con el Universo y comprende que la desgracia de una persona nos concierne a todos. Permanece presente. No proyectes en los demás tus frustraciones y tu dolor, para no causar aún más sufrimiento. Practica la compasión y la tolerancia como un antídoto contra tu propio veneno.
El sufrimiento propio no es el único importante. La forma más rápida de crecer es ayudando al prójimo, y eso se vuelve fácil cuando comprendes que el otro que está sufriendo también es esencia de Dios. Siempre que sirvas a otro, le estarás sirviendo a la Divinidad.
Cuando el sufrimiento te toca en todos los niveles, físico, emocional, mental y espiritual, la rabia se desborda, y ese es un camino directo hacia más dolor. Así llegan nuevas aflicciones y se crea un círculo vicioso.
¿Quieres que esa rueda deje de girar? Nadie va a bajar del cielo a detenerla. Es tu responsabilidad, y tienes el poder de cambiarla. Tú pusiste a rodar la bola, y solo tú puedes detenerla. El perdón es la llave de la sanación, pero el primer paso lo tienes que dar tú.
No estuve solo
Hoy sé que en mi noche oscura no estuve solo. En ese tiempo Dios apareció en mi vida, y comprendí finalmente que existo por lo que Él es. Lo más importante es estar presente: no evites relación con el ahora.
Si estás atravesando tu propia noche, deja que la tristeza te avise: no es un castigo divino. Y vuelve hacia ese Dios que no vive lejos de ti, sino en tu propio Ser.
De los libros del Dr. Zuluan Orion: Iluminación · Deshojando el Corazón de la Eternidad · El refugio del corazón